Debate sobre "LA VOZ DE UNA PERSONALIDAD POR FRANCISCO ARIAS SOLIS "
Abierto por Francisco Arias Solis
Texto a debate
MIGUEL DE UNAMUNO
(BILBAO, 1864-SALAMANCA, 1936)
“¿Hombre de letras, no, que no soy tabla
ni humanista, ni literato;
hombre de humanidad.”
Miguel de Unamuno
LA VOZ DE UNA PERSONALIDAD
Unamuno fue un verdadero Don Quijote del pensamiento y de la acción. Su nombre pronto llegó
a ser un símbolo de oposición irreductible, de firmeza intelectual, de hombría moral. A todos
imponía respeto.
Miguel de Unamuno nació en Bilbao, el 28 de septiembre de 1864. Durante su niñez presencia el
sitio de la Villa por los carlistas. Tenía diez años y tan fuerte fue la impresión que dejó grabada
en su ánimo aquella efemérides de las endémicas contiendas civiles españolas que hasta le
dedicó su primera novela: Paz en la guerra. El que sería maestro y figura relevante de la llamada
“generación del 98” estudió bachillerato en el Instituto Vizcaíno para trasladarse en 1880 a
Madrid, en donde cursó Filosofía y Letras y se doctoró con la tesis Crítica del problema sobre el
origen y prehistoria de la raza vasca (1884), y en 1891 consiguió la cátedra de lengua y
literatura griegas en la Universidad de Salamanca, de la que fue nombrado rector en 1901,
siendo cesado del cargo en 1914 por su antimonarquismo. Vicerrector y decano de la Facultad de
Letras en 1921, su oposición a Primo de Rivera le costó en 1924 la deportación a la isla de
Fuerteventura, de donde se fugó; residió en Francia hasta la caída del dictador en 1930, cuando
regresó a España. Fue elegido diputado de las Cortes constituyentes y nombrado rector perpetuo
de la Universidad de Salamanca en 1934. El gobierno republicano le cesó en el cargo; el
gobierno franquista lo repuso en él, cesándolo a su vez tras su público enfrentamiento con
Millán Astray en octubre de 1936. Miguel de Unamuno murió repentinamente en Salamanca el
31 de diciembre de 1936, el último día del trágico año español.
La obra literaria unamunesca es muy numerosa y extensa. Esta generosa, fecunda producción de
su obra literaria o escrita (la letra era espíritu para él; la escritura, como para Nietzsche, su
propia sangre) se encauza, desde sus comienzos, en forma dramática, novelesca o teatral, en
ensayo largo o breve, que fue haciendo cada vez más breve, como crónica periodística y que
acabó llamando, sencillamente, comentarios. A su obra en prosa, hay que añadir sus cartas, un,
también copioso, epistolario: y sus versos, poesía en verso. Esta última fue alcanzando a lo largo
de su vida cada vez mayor intensidad de expresión. Su Cancionero, publicado fuera de España
después de su muerte, forma un conjunto de poemas breves que, al modo de diario poético
personal fue escribiendo a partir de su destierro y que ya no abandonó hasta su muerte.
Los dos conjuntos -cancionero y comentarios- son, en prosa y verso, el Unamuno mejor; el que
se nos manifiesta más hondo y desnudo; más vivo y verdadero en toda la sublimidad, diría sin
hipérbole, de su entereza humana. Cancionero es el libro que nos da un conocimiento más
completo, tal vez de su personalidad originalísima, de la veracidad y autenticidad de su vida y
pensamiento. Sus versos siguen el ritmo de la vida, haciéndose mejores cada vez, como el
hombre, aprendiendo a serlo, “a ser lo que es”, como tantas veces repetía citando el verso de
Píndaro: “aprende a ser lo que eres”. Fue, toda su vida, ese aprendizaje sucesivo de vida y
verdad. Resumida en una portentosa frase: “La verdad no es lo que nos hace pensar, sino lo que
nos hace vivir”.
Fue Unamuno un pensador, un poeta, un ensayista, un dramaturgo, un periodista, un polemista o,
como él mismo decía un “agonista”, todo lo cual contribuye a que nuestro “autor” no se agote
fácilmente. Pero, un autor no resulta inagotable por la diversidad de los géneros que cultivó o la
variedad de asuntos y temas de que se ocupó, ni porque haya dicho o haya intentado decir
muchas cosas, sino porque ha dicho, o se ha esforzado poro decir, una sola cosa realmente
sustanciosa, la que, por cierto, no será ya entonces una “cosa” porque no podrá jamás
identificarse completamente como un “asunto”, un tema, o siquiera una idea.
Si esa “cosa” inagotable no es, pues, ni un “asunto”, ni un tema, ni una idea, ni siquiera una
intuición, ¿de qué se trata? Digámoslo sin ambages: de una personalidad. Nuestro Unamuno es
inagotable por ser una personalidad. Pero ¿de qué se trata propiamente? ¿De un hombre? ¿De su
filosofía? Digamos más bien que de ambos juntamente. Quienquiera conozca a Unamuno sabe
que su filosofía de la personalidad es a la vez la filosofía de su personalidad.
Unamuno sintió el misterio de la personalidad ante todo como algo que existe “contra”. Mucho
se ha hablado de la obstinada actitud negativa de Unamuno; de su incesante e incansable “contra
esto o aquello”. El “negativismo” de Unamuno era su modo personal de manifestar que no se
puede hacer gran cosa con las ideas -y, por tanto, con las doctrinas en cuanto sistema de ideas-, y
que había que ir “a otra cosa”.
Unamuno estaba en “contra” en el sentido de no estar de acuerdo con nada. Pero “estar en
contra” quiere decir asimismo “apoyarse en”; así ocurre con un contraluz, con un contrapunto,
con un contrafuerte. En alguna medida no se puede estar contra algo sin apoyarse en él. Y eso es
justamente lo que se hace -o lo que también hace- la personalidad. Si la personalidad fuera capaz
de existir por sí misma se bastaría. La personalidad sería “lo que es”. Como todo “lo demás”,
sería “una cosa”. Pero Unamuno tendía a ver la personalidad por lo pronto como una especie de
hueco y, por tanto, como “lo que no es”. En consecuencia, la personalidad “se hace” y
“deviene”. Pero ¿cómo se hace? Pues bien: “contra las cosas” y en la medida en que se apoya en
ellas con el fin de disputarles el terreno, es decir, la existencia. He aquí un de los aspectos del
“misterio de la personalidad”; no hay personalidad sino en tanto que hay cosas contra las cuales
y en las cuales la personalidad se constituye. Y como decía Unamuno: “¡No logro encontrarme
yo / este yo, pobre de mí! / ¡dentro no oigo sino no! / ¡fuera es donde suena: sí!”
Francisco Arias Solis
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