Debate sobre "LA VOZ DEL MAS AMERICANO DE LOS ESPAÑOLES "
Abierto por Francisco Arias Solis

Texto a debate
RAMON DEL VALLE-INCLAN
(VILLANUEVA DE AROSA, 1866-
VILLANUEVA DE AROSA, 1936)

“¡Cacao! Afrodita jardín del puma
y chocolate de Moctezuma.
El chocolate -parece cuento-
no lo inventaron en un convento.
Unos los achacan a los Aztecas,
disputan otros si Chucumecas.”
Ramón del Valle-Inclán.

LA VOZ DEL MAS AMERICANO
DE LOS ESPAÑOLES

“Una lengua suprema -ha escrito de Valle-Inclán; Juan Ramón Jiménez-, hecha hombre, un
hombre hecho con su lengua habla, fabla. Era el primer fablistán de España, e intentó, en su obra
de madurez sobre todo, una jerga total española...” Y es el Valle-Inclán maduro, ácido, amargo,
demoledor, el que hoy nos interesa y nos conmueve: el carácter implacable de los esperpentos, el
Quevedo moderno del Ruedo ibérico, el estilista deshumanizador, acre, sombrío, de Tirano
Banderas.

La máscara espectacular y truculenta de don Ramón del Valle-Inclán, el gran personaje de
barbas de chivo, sigue hoy todavía recubriendo y ahogando al hombre de carne y hueso cuyo
verdadero nombre era Ramón del Valle y Peña. Con razón Manuel Azaña, que lo conoció bien,
lo describió como un “hombre dulce e infantil, huidizo y modesto... que vive secretamente
aherrojado por el personaje fabuloso de Valle-Inclán”. Gómez de la Serna lo definía como “la
mejor máscara a pie que paseaba, todo el año, la calle de Alcalá”. Para Ramón J. Sender que ha
criticado a diversas personalidades de la generación de Valle, este último era el más sencillo,
cortés y afable de todos sus compañeros de generación.

El Valle-Inclán íntimo podía ser tierno o brusco, dulce o malhumorado, según las circunstancias.
Fue, con toda probabilidad, un “falso tímido”, un tímido a medias, resuelto a proteger su
intimidad mediante un elaborado andamiaje externo que lo impelía a veces a excesos de audacia,
a desplantes agresivos. Fue también sin duda, un artista plenamente consciente de su valor y
probablemente amargado al comprobar que el aplauso que la sociedad le otorgaba no coincidía
con el que él creía merecer. Baroja era más leído, Unamuno más escuchado, Azorín conseguía
más fácilmente la aprobación de los poderes públicos. Por los años en que D’Annunzio llegaba a
la cumbre de su popularidad y se convertía en “monumento nacional”, Valle-Inclán vivía todavía
en un cuchitril y tenía que pedir anticipos a sus editores para no morirse de hambre. Las leyendas
tejidas en torno a su vida encubren casi siempre una realidad difícil, dolorosa. Así ocurre desde
el principio, desde, por ejemplo, su famoso primer viaje a México. En un breve texto
“autobiográfico” publicado en 1903 en Alma española afirma haber sido allí “converso en un
monasterio de cartujos y soldado en tierras de la Nueva España”; más adelante se concede un
ascenso: había llegado a ser nada menos que Coronel general de los ejércitos de Tierra Caliente.
Piadosas mentiras que ocultaban unos años de estrecheces, por no decir de miseria. Sabemos que
Valle-Inclán hubo de trabajar como reportero de segunda clase, escribiendo crónicas noticiosas y
reimprimiendo cuentos ya publicados en España en un diario de la capital; no llamó la atención,
no consiguió abrirse paso, y su visita a México (1892-1893) debió dejarle un sabor amargo que
su posterior mitificación no llegaría a borrar del todo: un resentimiento que habrá de aflorar, no
en la Sonata del Estío, impregnada todavía de efluvios poéticos, de sensualismo tropical, sino,
precisamente, en Tirano Banderas. Como si Valle-Inclán hubiese escindido su experiencia
mexicana en dos mitades: una parte susceptible de idealización, y otra, digna de sátira y
caricatura, que habría de dormir largos años en la memoria del escritor en espera de la
transformación artística que, al hacer posibles los esperpentos, le permitiría aprovechar los
materiales negativos acumulados en el recuerdo. De la experiencia mexicana -del aspecto
negativo de esta experiencia- salen también ciertos personajes del esperpento La hija del
capitán, de La cabeza del Bautista, de El ruedo ibérico. Poco a poco, Valle-Inclán profundiza,
aquilata, subraya: lo que empezó por ser un doloroso fracaso se convierte en fuente de creación.
El solía decir que el motivo principal que lo impulsó a viajar a México era simplemente,
“porque se escribe con x”. Y Valle acabaría, a la larga, por resolver -artísticamente- la incógnita
que aquella x implicaba.

La irritación hace a Valle especialmente clarividente, le revela aspectos de la realidad española
que ningún otro miembro de su generación sabe ver con la misma precisión. Le impulsa, incluso,
a generalizar: no sólo sabrá precisar los defectos de España, sino que, a través de ellos a partir de
ellos, podrá definir los defectos de todo el mundo hispánico. Y esto es lo que ocurre en Tirano
Banderas.

Tirano Banderas se publica a fines de 1926, y su aparición señala un momento de importancia
no solamente para la novela española, sino también para la novela hispanoamericana. En el
ejemplar estudio de E. S. Speratti sobre Tirano Banderas, editado en el Colegio de México,
puede leerse: “Lo que Valle expuso como tesis de carácter naturalista... y desarrolló con un arte
peculiar de gran escritor y hombre dolorido profundamente, es su visión de América española
condenada a padecer el mal que sus conquistadores le inocularon y por el cual puede llegar,
como España, al anquilosamiento moral y a la muerte”.

Valle se interesó siempre por las tierras de América. Era justo que a su vez los países del
continente se interesaran por Valle. De tierras americanas han salido algunos de los más valiosos
libros sobre Valle. La cosecha continúa; es justo que así sea, justo homenaje al más americano
de los españoles. La voz armoniosa de Rubén Darío, la más española de los continentes
americanos, le rindió un hermoso homenaje lírico que termina con estos versos: “Señor que en
Galicia tuviste cuna: / mis dos manos estas flores te dan / amadas de Apolo y la Luna / cuya sacra
influencia siempre nos una, / don Ramón María del Valle Inclán”.

Francisco Arias Solis
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