Debate sobre "LOS NUEVOS SEÑORITOS POR FRANCISCO ARIAS SOLIS "
Abierto por Francisco Arias Solis
Texto a debate
LOS NUEVOS SEÑORITOS
“Este hombre no es de ayer ni de mañana,
sino de nunca; de la cepa hispana
no es el fruto maduro ni podrido,
es una fruta vana
de aquella España que pasó y no ha sido,
esa que hoy tiene la cabeza cana.”
Antonio Machado.
DESAPARECIO EL SEÑORITO
PERO QUEDO LA SIMIENTE
Dentro del último decenio, más bien del último lustro, ha sobrevenido al mundo un nuevo
riesgo, y es el de echarse a perder. Yo diría que no se trata de que se hayan sobrevenido al
mundo -en particular al mundo occidental en el cual estamos- males reales y efectivos; creo más
bien que se trata de que deliberadamente, voluntariamente, se está empezando a corromper, se
está empezando a echar a perder ese mundo. Ese mundo que penosamente, heroicamente, se
había construido desde la gran catástrofe que terminó en 1945.
Existe un cierto señoritismo. Ortega, hace más de sesenta años, definía al “hombre masa” como
el “señorito satisfecho” o como el “niño mimado”. La dureza de la vida europea y occidental en
los años de la guerra -o de las guerras- y en los siguientes hizo evidentemente que nadie fuera
mimado, y así desapareció -pareció que desaparecía, sin dejar simiente- el señorito -aquellos
señoritos-, pero quedó la simiente.
Y ha habido una nueva cosecha. Se ha producido, evidentemente, por el exceso de facilidades,
por aceptar las cosas como obvias, como regaladas, por creer que todo está ahí, sin más, y que se
tiene derecho a todo. Por creer que todo es natural y no resultado de una invención y un
esfuerzo. Se ha producido al mismo tiempo la petulancia; la petulancia que acompaña siempre al
niño mimado y al señorito. Se ha producido una obturación de la facultad de desear; al tenerse
las cosas demasiados fácilmente y demasiado pronto, se tienen por lo general antes de desearlas,
y entonces pierden su valor automáticamente.
Se ha producido también una curiosa envidia ajena, que me parece uno de los síntomas más feos
de ciertos estratos del mundo actual. Y adviértase que esa envidia ajena no afecta a los que tal
vez pudieran tenerla, a los realmente desventurados y desposeídos. En general afecta a los que
no han llegado a las cimas pero están en camino de llegar a ellas; y si no llegan es porque no
están dispuestos a hacer el esfuerzo necesario.
Añadía Ortega que estos hombres buscan “un pastor y un mastín”. Lo encontraron, naturalmente.
El pastor principal -¿era pastor o era mastín?- se llamaba Adolfo.
Hace unos días, algunos jóvenes para halagar su fanatismo, con el rostro cubierto arremetieron
contra una librería. Una librería que desde su apertura en 1968, ha sido un centro de reunión de
luchadores por la paz y la libertad. Yo creo que el hombre es el triste animal que tropieza dos
veces en la misma piedra -dos veces o más-. Yo esperaría que el mantenimiento en la memoria
de las palabras de Ortega contribuyera a evitarnos un triste, lamentable tropezón, del cual quizá
no volviéramos a levantarnos.
Siento que hay que atreverse a la inactualidad, que hay que atreverse a la extemporaneidad. Al
lado de la altura de los tiempos, yo diría otra metáfora: la hondura de los tiempos. Creo que hay
que atenerse a la hondura de los tiempos y principalmente la hondura del propio tiempo vital. O,
con una expresión que en otro sentido empleó Menéndez Pidal, hay que recurrir al estado
latente. Hay cosas que no se manifiestan, pero están ahí, están latentes, están debajo, están
subyacentes, y podemos quizá descubrirlas, desvelarlas, alumbrarlas. A veces hay que hacer algo
inactual, que no esté de moda, que no se lleve, algo inoportuno.
Hay que atreverse a hacer una pintura que no guste en las galerías de arte, que no tenga valor en
las subastas. Hay que atreverse a hacer una música que no se estrene en los festivales. Hay que
atreverse a escribir libros que a los críticos no les interesen. Hay que atreverse a oponerse
pacíficamente a la violencia que nos circunda. Hay que atreverse a reclamar la libertad de los
ciudadanos atemorizados por los violentos. En otros términos, hay que atreverse a algo
modestísimo: a ser. Simplemente a ser. Y como dijo el poeta: “Historia / es hacer memoria”.
Francisco Arias Solis
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