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Tema: UN CUENTO DE PERROS
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Mi abuelo me contó un día: habría sido invierno, yo me posaba sobre sus faldas y absorbía el destello de sus ojos, años me costo comprender los cuentos del anciano, años que posaron sobre mi frente sus incontables arrugas, una barba colorida por el paso de millones de cigarros y una mirada cansada.
-¡HEY, NO TE DUERMAS! ¡ES IMPORTANTE!- Decía el anciano meciendo suavemente al pequeño, quien dejaba caer sus párpados por el sueño agotador de un día domingo.
Había jugado y reído durante horas, bueno, exceptuando el jarrón fino del living, el cual según su criterio de infante había resbalado de sus manos y no representaba remordimiento alguno para el.
- Había una vez, una manada de perros sin dueño- Proseguía el abuelo- Tu debes saber que ellos se comunican- Aclaraba a los tiernos ojos del niño….
….El perro vagaba por entre muros húmedos, buscaba a su antiguo compañero ese que creció en el portal frente a la calle Franklin, su pelaje se apegaba a su silueta y su boca cansada añoraba un charco olvidado en una esquina que saciara su sed.
Las luces ovaladas de la noche iluminaban su camino, diviso a lo lejos un pequeño bar céntrico y decidió que ere hora de actuar. Se fumo lentamente un cigarro, había quedado de juntarse con Mario a eso de las 8:30 pm, el reloj que muchas veces fue el único testigo de sus asañas marcaba la hora acordada.
Temblaban sus cuatro patas, el frío, la adrenalina y ansiedad no paraban de castigar su cuerpo.
De pronto una pata se poso sobre su hombro.
-…Bueno - Dijo una vos en la penumbra- ¡Es hora!- Ladro.
-…Es hora- Respondió Javier.
Sus manos empuñaron el cilíndrico metal bajo su abrigo.
Su textura era fría, quizás se mantendría así, quizás las circunstancias venideras calentarían el fusil.
La mujer ordenaba las botellas en la estantería, esa hora era la anunciada en los noticieros como la temida alerta roja.
Decidió que era tiempo para descansar, se dirigió a la reja y prosiguió a cerrar las persianas, el silencio nocturno le advirtió que no estaba sola, dos perros asomaban sus cabezas por entre las rejas.
Ella los observo detenidamente y casi perteleando sus pensamientos dejo caer sobre sus cabezas el pesado metal que protegía su negocio.
Estos aullando de dolor secaron gargantas y lenguas a ladridos, mordieron gruesos fierros, quienes en su defensa rompían una a una las piezas dentales y los afilados colmillos que amenazaban su integridad, solo uno se logro colar entre los ajustados barrotes.
Cogió a la mujer del cuello y la obligo a abrir de una buena vez la reja que lo separaba de su compañero.
- ¡ES IMPORTANTE!, ¡NO TE DUERMAS!- Le repitió el anciano al niño.
Ya amanece, la calle Franklin enciende sus faroles y sobre la acera descansa un pequeño, dormido entre pelos y huesos, a su derecha un perro con el hocico desgarrado cura sus heridas y a su izquierda otro similar cuenta las piezas de pan que por la mañana darán las fuerzas necesarias para el atraco de la noche.